Sol y Sombra
Un espacio donde la claridad de las ideas y las preguntas humanas confluyen para reflexionar sobre educación, familia, trabajo y sociedad.
J. Arturo Hernández
Profesor de la Universidad La Salle Bajío, Campus Campestre.
Regreso a clases: instrucciones para sobrevivir a la gran ola mexica
07 de agosto de 2026
El próximo lunes 10 de agosto, la Universidad volverá a llenarse de pasos apresurados, mochilas demasiado nuevas y estudiantes que todavía conservan en la mirada cierta arena de vacaciones. Regresan las licenciaturas, porque las maestrías y los doctorados, como algunos hospitales y varias preocupaciones fiscales, nunca cerraron del todo. Mientras unos descansaban frente al mar, otros continuaban navegando entre investigaciones, seminarios, entregas y bibliografías capaces de provocar mareos sin necesidad de subir a una embarcación.
El regreso universitario tiene algo de desembarco. Durante las primeras horas, los pasillos parecen una playa después de la tormenta: aparecen grupos dispersos, saludos que llegan como olas, profesores que buscan el salón correcto y alumnos que caminan con la vaga esperanza de que el horario publicado contenga algún error favorable. En la entrada, el guardia observa la marea humana con resignación marítima. Sabe que, antes del mediodía, alguien preguntará dónde está un edificio frente al cual lleva diez minutos parado.
La ciudad, mientras tanto, sigue con su propia pedagogía. Los automóviles forman bancos de peces metálicos; los semáforos imparten clases obligatorias de paciencia, y las calles inundadas recuerdan que la temporada de lluvias no reconoce títulos académicos. Agosto llega con cuadernos, pero también con nubes, tormentas y huracanes. El mar golpea las costas; la lluvia golpea los parabrisas, y la realidad golpea el calendario.
Germán Dehesa nos enseñó, mediante su ironía cotidiana, que México suele funcionar de manera inexplicable, aunque siempre encuentra una explicación todavía más inexplicable. El semestre agosto-diciembre confirma esa vocación nacional: en apenas unos meses debemos estudiar, trabajar, celebrar la Independencia, discutir la identidad del 12 de octubre, colocar ofrendas, soportar al invasor anaranjado del Halloween y recordar la Revolución. Todo ello mientras se revisan el Presupuesto de Egresos y la Ley de Ingresos de la Federación para 2027, bajo la presencia casi fantasmal de una posible reforma fiscal más agresiva.
La reforma fiscal es una especie de huracán administrativo: nadie sabe exactamente por dónde entrará, pero todos comienzan a asegurar ventanas, revisar facturas y proteger la cartera. Sergio Sarmiento ha insistido, en distintos textos, en que las decisiones económicas producen consecuencias aun cuando el discurso político intente maquillarlas. El contribuyente lo comprende sin necesidad de cursar economía avanzada: cuando el gobierno necesita más recursos, el ciudadano siente una corriente de aire en el bolsillo.
Luego llegará el Buen Fin, esa temporada en la que compramos lo que no necesitábamos con el dinero que todavía no tenemos. La televisión de setenta pulgadas, adquirida el año pasado, será sustituida por una de setenta y cinco porque, evidentemente, cinco pulgadas adicionales son indispensables para contemplar con mayor nitidez el estado de cuenta. Háganme el favor. Mario Benedetti observó, de distintas maneras, que la vida se compone de pequeñas decisiones y de rutinas que terminan revelándonos. Acaso una de esas revelaciones ocurra cuando descubramos que la felicidad no venía incluida en los meses sin intereses.
Juan Villoro, en Examen extraordinario, convierte la escuela en un territorio donde el aprendizaje no siempre coincide con las calificaciones. Parafraseándolo, podríamos decir que la educación también consiste en comprender aquello que no apareció en la guía de estudio. Volver a clases es regresar a las preguntas incómodas: qué sabemos, para qué sirve, cómo puede aplicarse y por qué el alumno que no participó durante todo el semestre aparece, al final, con una capacidad extraordinaria para negociar décimas.
José Vasconcelos imaginó la educación como una fuerza capaz de integrar cultura, identidad y destino. Bajo esa idea, la Universidad no debería ser una fábrica de títulos, sino un lugar donde aprendemos a mirar más lejos que la pantalla inmediata. El salón es una ventana: desde allí se observan la economía, la política, la empresa, la ciencia y también la condición humana.
Carl Sagan recordaba que somos una pequeña parte del cosmos, habitantes momentáneos de un punto diminuto suspendido en la inmensidad. Esa perspectiva debería ayudarnos a relativizar algunos dramas del semestre: una exposición incompleta, un examen difícil o la falta de estacionamiento son graves, pero no alcanzan todavía dimensiones interplanetarias.
Salvador Carrillo Alday, desde su reflexión bíblica y espiritual, ha mostrado que todo aprendizaje verdadero comienza con la disposición para escuchar y ponerse en camino. Regresar a clases es precisamente eso: volver al camino, escuchar nuevamente y aceptar que nadie termina de aprender mientras permanezca vivo.
Después vendrán las ofrendas, la Revolución, las posadas y el célebre maratón Guadalupe-Reyes, que ya no comienza en diciembre: se ha extendido desde el Día de Muertos hasta la Candelaria. Es un fenómeno de resistencia cultural, gastronómica y hepática. México no atraviesa diciembre; lo celebra durante tres meses.
Así que ánimo para estudiantes, profesores, administrativos y familias. Preparemos paraguas, libros, café, estados de cuenta y cierta reserva de sentido del humor. El semestre será una ola grande, cambiante y muy mexicana. No podremos detenerla, pero quizá podamos aprender a navegarla.
Al final, regresar a la Universidad no significa volver al mismo lugar. Significa llegar con otra experiencia, aunque sea con la misma mochila. Y tal vez educarse consista justamente en eso: entrar cada semestre creyendo que conocemos la playa y descubrir, frente al pizarrón, que el mar nunca repite la misma ola.
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