Glosario entre mundos
Un espacio que aborda temas de cultura e identidad en la persona, el colectivo y las organizaciones.
Dra. Margarita Schmitt
Internacionalista, traductora e investigadora organizacional.
Es verano y seguramente pensamos en algún momento en la palabra vacaciones.
Pero ¿qué significan para nosotros? ¿Cómo las entendemos? ¿Cómo las vivimos? ¿Son un premio por haber trabajado mucho? ¿Son una prestación laboral? ¿O podemos considerarlas un derecho social?
Durante los tres siglos de colonia española, México incorporó prácticas relacionadas con el descanso, las fiestas religiosas y el tiempo familiar. Dos siglos después, nuestra vida laboral está también marcada por otra influencia: la de Estados Unidos, donde el tiempo libre tiene una relación distinta con el trabajo. En México, la ley reconoce hoy un mínimo de 12 días de vacaciones; en Europa, la legislación establece al menos cuatro semanas de descanso anual pagado y países como Francia y España llegan a cinco semanas.
La diferencia no está solamente en el número de días. Está en lo que una sociedad entiende que debe ser el tiempo.
En buena parte de Europa, las vacaciones forman parte de la organización de la vida. En España, el verano modifica el ritmo de las ciudades y de las familias. En Francia, las cinco semanas forman parte de la normalidad laboral. En Alemania, el tiempo de descanso se incorpora a la planeación del año. En Estados Unidos, donde no existe una obligación federal de otorgar vacaciones pagadas, el descanso depende en mayor medida de la relación laboral y de las condiciones que establece cada empleador.
Y entonces aparece otra pregunta: ¿para qué necesitamos descansar?
Los estudios muestran que el descanso puede producir cambios en el bienestar y la salud, pero que no depende únicamente del número de días. Importan la posibilidad de desconectarse del trabajo, dormir, relajarse, tener control sobre el tiempo y realizar actividades que produzcan experiencias que no estén determinadas por la obligación de trabajar.
Se trata de tener tiempo suficiente para que el trabajo deje de ocupar nuestra cabeza. Para despertar sin una alarma. Para caminar sin tener que llegar a ninguna parte. Para conversar sin mirar la hora. Para estar con la familia. Para aburrirse un poco.
Y quizá para volver a percibir.
Una mañana podemos caminar por una calle que no conocemos. Una puerta se abre. Sale el olor del pan recién horneado. El cuerpo se detiene antes de que nosotros decidamos hacerlo. Respiramos. Aparece un recuerdo. No hemos hecho nada. Pero algo ha ocurrido. Eso también es desconectarse.
Françoise Sagan entendía el verano de esa manera. En Bonjour tristesse, el mar no aparece solamente como un paisaje. Lo que importa es lo que produce en Cécile: el calor, el agua, la arena, el tiempo sin obligaciones modifican su manera de estar en el mundo.
Javier Moro, cuando describe el calor de la India antes del monzón, tampoco necesita decirnos solamente que hace calor. El cuerpo del lector empieza a sentir la espera: el aire que no se mueve, la piel que busca alivio, la ciudad que parece contener la respiración antes de que llegue la lluvia.
Quizá eso es lo que perdemos cuando convertimos las vacaciones en otra lista de pendientes: dejamos de percibir.
Viajamos, fotografiamos, conocemos lugares, cumplimos itinerarios. Pero podemos atravesar un continente sin haber dejado de trabajar dentro de nuestra cabeza.
La desconexión ocurre cuando dejamos de consumir el lugar y empezamos a habitarlo. Ahí se encuentra la diferencia cultural que debemos seguir construyendo. No se trata de imitar a otros. Se trata primero de preguntarnos sobre nuestra percepción acerca del tiempo libre, si lo concebimos como una interrupción del trabajo o como una parte de la vida. Porque quizá las vacaciones no sean solamente el derecho a dejar de trabajar. Quizá sean la posibilidad de recordar que la vida ocurre también cuando no estamos produciendo.
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