Sol y Sombra

Un espacio donde la claridad de las ideas y las preguntas humanas confluyen para reflexionar sobre educación, familia, trabajo y sociedad.

J. Arturo Hernández

Profesor de la Universidad La Salle Bajío, Campus Campestre.

Los significados del amanecer

31 de julio de 2026

De los siete días de la semana, cada uno parece desempeñar un oficio. El lunes es cobrador; el miércoles solicita desde hace años un ascenso que nadie piensa concederle. El jueves, en cambio, ya mira de reojo la puerta de salida. Me gusta porque trae escondido al viernes, como quien llega acompañado de una buena noticia.

El viernes conserva el olor del pasto húmedo y el silbato de aquellos entrenamientos con el equipo amateur del IMSS. En la memoria uno corre mejor y hasta coloca el balón en el ángulo. La juventud tiene esa ventaja contable: actualiza sus activos, pero nunca reconoce la depreciación.

El sábado era el día del salario. El dinero llegaba con modales de visita importante y se marchaba con la descortesía de un pariente abusivo. Mientras duraba, alcanzaba para los amigos, la fiesta, la familia y la sensación provisional de que la vida estaba en orden.

Y luego está el domingo.

Ahora que Braulio cumple con ese misterioso trámite de ser adulto, profesionista y esposo de Gaby, lejos del seno familiar, el domingo amanece de otra manera. No es exactamente esa rara mezcla de tristeza y alegría-si es que alguna vez se han mezclado-. Es una silla que permanece en su sitio, aunque ya no tenga que ser ocupada. Es comprender que educar a un hijo consiste en enseñarle a irse y, después, aprender uno a no confundir su partida con una pérdida.

En el campo, el amanecer comienza antes de tener nombre. El gallo no consulta el calendario, la tierra húmeda respira y alguien abre una puerta sin encender la luz. En la ciudad, la mañana llega con el camión de la basura, el primer autobús y un semáforo que trabaja para nadie. En la universidad, los pasillos aún no saben que serán invadidos por tareas y jóvenes que llegan tarde con la seguridad filosófica de que la culpa pertenece al tráfico.

A esa hora, el pizarrón está limpio y el proyector duerme. Nadie ha pronunciado todavía la frase: «Esto viene en el examen». Tal vez el amanecer sea la única cátedra que empieza sin lista de asistencia.

Borges imaginó en “Amanecer” que la ciudad podía ser un sueño compartido, sostenido por las almas que despiertan. Quizá las calles existen porque alguien sale a mirarlas; quizá el mundo necesita, cada mañana, que volvamos a creer en él.

Benedetti comprendió el reverso. En La tregua, los domingos y los días festivos vuelven más lenta la marcha del tiempo y agrandan la soledad. El día libre puede convertirse en un espejo demasiado grande. Sin embargo, hay domingos que no son vacío, sino tregua verdadera: la oportunidad de hacer muchas cosas sin correr o de no hacer ninguna sin sentir culpa.

Karol Wojtyła convirtió en Tríptico romano la búsqueda de la fuente en un viaje río arriba: para llegar al origen hay que remontar la corriente. El amanecer también nos conduce hacia atrás. Antes de los títulos profesionales, las facturas y los mensajes urgentes, fuimos alguien que abría los ojos y encontraba el mundo recién puesto sobre la mesa.

Un gran y entrañable divulgador científico, Carl Sagan, contempló la Tierra, fotografiada desde la Voyager 1, como un punto diminuto suspendido en un rayo solar. Desde tan lejos, nuestras urgencias pierden volumen; pero el amor por los nuestros no se vuelve pequeño, sino más improbable y precioso. Braulio y Gaby, la casa, la mesa dominical, el campo, la ciudad y la escuela caben en ese punto frágil.

El relator de ciencia ficción por elección propia, Isaac Asimov llevó esa intuición hasta el fin del universo. En “La última pregunta”, cuando la materia y el tiempo parecen agotados, la respuesta llega como un regreso de la luz. Cada amanecer es una modesta rebelión contra la entropía: el desorden permanece, naturalmente, pero durante unos minutos el sol acomoda las cosas.

Y en este repaso de memoria literaria, Salvador Carrillo Alday recuerda, al recorrer los cuatro evangelios, que el sepulcro abierto y vacío fue descubierto al amanecer del primer día de la semana: nuestro domingo. Mi fe cristiana colocó su noticia central allí donde la oscuridad todavía no termina y la luz ya ha comenzado. La ausencia, entonces, puede dejar de ser solamente un hueco y convertirse en el anuncio.

Por eso vuelve aquella escena de una película cuyo nombre se me escapa: ángeles reunidos a la orilla del mar, escuchando la voz de DIOS mientras el sol los iluminaba. Tal vez los amaneceres se parezcan a eso. No siempre oímos una voz; a veces sólo escuchamos una ola que rompe sobre la arena, un ave distante e invisible, una campana o el agitar de una palmera. Pero debajo de esos ruidos se dice algo:

que la vida continúa;
que los hijos se alejan porque aprendieron el camino;
que el domingo es el inicio de la semana, y no el innombrable lunes, y ¡vaya que inicio de semana!, sino un pequeño encuentro con DIOS.
y que amanecer significa recibir otra vez el mundo, todavía fresco, antes de que nosotros mismos volvamos a complicarlo.

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