Sol y Sombra

Un espacio donde la claridad de las ideas y las preguntas humanas confluyen para reflexionar sobre educación, familia, trabajo y sociedad.

J. Arturo Hernández

Profesor de la Universidad La Salle Bajío, Campus Campestre.

Nueva York, oficina de lo improbable

10 de julio de 2026

Imaginen trabajar en Nueva York. La frase parece inventada por una agencia de viajes que también administra la nómina. Apenas se pronuncia, aparecen dos ciudades: la de los rascacielos, que promete vacaciones verticales, y la de las salas de juntas, donde hasta el café llega con una agenda. Fuimos por trabajo y, en la rendija optimista de los itinerarios, también por vacaciones. A veces descansar significa mirar por la ventana entre dos reuniones y descubrir Manhattan del otro lado.

Al llegar me volvió el recuerdo de una película: Pedro Infante canta frente a jóvenes estadounidenses, guapas y vestidas según la moda americana de aquellos años. De pronto, ellas gritan: “¡Sinatra, Sinatra!”. No importa que la memoria haya cambiado la escena; la memoria es un editor que trabaja sin autorización. En aquel grito entendí algo del romanticismo neoyorquino: la ciudad espera que uno sea otro y, al mismo tiempo, premia la terquedad de seguir siendo uno mismo. Pedro Infante no necesitaba convertirse en Sinatra; le bastaba sostener la canción.

Trabajamos intensamente. Hablamos con personas decisivas para los procesos, revisamos formas de colaborar y establecimos mecanismos apoyados en las herramientas de conectividad de internet. La paradoja fue evidente: viajamos miles de kilómetros para confirmar que hoy se puede trabajar desde cualquier parte. Sin embargo, estar ahí seguía importando. Una videollamada conecta rostros; una mesa compartida conecta vacilaciones, bromas, silencios y esa clase de acuerdo que sólo aparece después del segundo café.

En La tregua, Mario Benedetti escribió: “Hoy fue un día feliz; sólo rutina”. En Nueva York ocurre casi lo contrario: incluso la rutina debe correr para alcanzar su siguiente cita. Las reuniones tenían la velocidad de la ciudad, pero también su capacidad de convertir una conversación práctica en una posibilidad. La tecnología servía como puente; el verdadero enlace seguía siendo humano: escuchar qué necesita el otro antes de explicar lo que uno trae.

Con empresarios jóvenes, honestos y fuertes—grandes no sólo por sus compañías, sino por el tamaño de sus preguntas— compartimos visiones de crecimiento e ideas de administración. Administrar suele imaginarse como el arte gris de ordenar carpetas. Allí parecía otra cosa: mantener abiertas diez ventanas sin olvidar en cuál estaba el porvenir. Crecer no era únicamente vender más, sino conectar personas, decisiones y herramientas sin que el proyecto perdiera su identidad. Una empresa, como una ciudad, fracasa cuando sus partes dejan de hablar.

El trayecto en tren de Queens a Manhattan fue quizá la mejor clase sobre Nueva York. El metro le quita el horizonte a la postal y se lo devuelve al pasajero estación por estación. Ahí estaban el sueño, el cansancio, las mochilas, los idiomas y los audífonos de una población que parecía ensayar su entrada a escena. Nos acompañaron buenos amigos de México. Una ciudad extranjera se vuelve habitable cuando alguien cuenta un chiste mexicano en un vagón y otro lo entiende antes de la siguiente parada.

Cortázar escribió en Rayuela: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. La frase habla del amor, pero también explica ciertos viajes entre amigos: la verdadera orientación no siempre la da el mapa, sino la compañía. Nueva York puede extraviar a cualquiera; un amigo consigue que hasta el error de estación parezca parte del itinerario.

La ciudad es gigante, enigmática, interesante y, durante el verano, literalmente “calurosa”. El aire adquiere la consistencia de una sopa y los andenes ofrecen un sauna municipal involuntario. Nueva York cobra en sudor el derecho a caminarla. Cada cuadra promete algo y exige otra cuadra. Sus edificios parecen seguros de sí mismos; sus habitantes saben que la seguridad es una actuación que debe renovarse cada mañana.

Borges escribió sobre Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”. Nueva York provoca un pacto parecido. Abruma antes de seducir. Manhattan, vista desde Queens, parece una máquina gigantesca que olvidó dónde está el interruptor. Las calles numeradas prometen orden, pero cada esquina conduce a otra versión del desconcierto: un laberinto con la cortesía de colocar letreros.

Parafraseando a Friedrich Nietzsche en el prólogo, sección 5, de Así habló Zaratustra, hace falta conservar cierto caos interior para poder producir una estrella que baile. Nueva York ha industrializado esa intuición: pone el caos afuera y deja la estrella suspendida sobre un anuncio luminoso. Su ruido no elimina las ideas; las obliga a defenderse. Tal vez por eso resulta fértil para trabajar, imaginar proyectos y cambiar de opinión.

Mi idea de la ciudad cambió. Antes podía verla como un inventario de nombres famosos: Times Square, Wall Street, Central Park. Después de esta semana entendí que su encanto más serio ocurre en las transiciones: de la oficina al andén, del inglés al español, del plan a la improvisación, del negocio a la amistad. Nueva York no es sólo un punto marcado en el mapa; es un punto que modifica las coordenadas.

Ahora puedo decir que es una ciudad que no debemos dejar de visitar. No porque cumpla intacta su promesa romántica, sino porque la corrige. Pedro Infante no tiene que ser Sinatra. El trabajo no tiene que cancelar el viaje ni las vacaciones borrar las responsabilidades. A veces una ciudad concede un privilegio más raro: salir de una reunión, abordar un tren, escuchar español entre la multitud, ver aparecer Manhattan y sentir que el día ha conectado todos sus puntos.

Internet enlaza dispositivos; Nueva York enlaza contradicciones.

Referencias 

Mario Benedetti, La tregua.

Julio Cortázar, Rayuela.

Jorge Luis Borges, “Buenos Aires”, en El otro, el mismo.

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, prólogo, §5.

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