Sol y Sombra

Un espacio donde la claridad de las ideas y las preguntas humanas confluyen para reflexionar sobre educación, familia, trabajo y sociedad.

J. Arturo Hernández

Profesor de la Universidad La Salle Bajío, Campus Campestre.

¿Papá, los árboles mueren?

10 de junio de 2026

Un día, hace muchos años, fui a recoger a Braulio a la escuela. Tendría doce años, edad en que los niños todavía cargan la mochila como si llevaran dentro los útiles, el lonche, un dinosaurio pequeño y la primera sospecha de la muerte. Salió entre el bullicio de uniformes, mochilas con ruedas, madres apresuradas y vendedores de dulces que conocían mejor la economía nacional que muchos ministros. Caminó hacia mí con esa seriedad que los hijos reservan para las preguntas que no vienen en los libros de texto.

—Papá, ¿los árboles mueren?

No preguntó si los árboles se secan, si se caen, si los cortan, si los tumba una tormenta. Preguntó si mueren. Es decir: si participan de nuestro misterio. Si ese tronco que parece estar siempre en el mismo lugar también tiene un destino. Si la sombra, que uno cree gratuita, termina algún día.

Yo contesté como contestan los adultos cuando una pregunta los supera: abrí una ventanilla técnica. Dije algo sobre raíces, plagas, años, estaciones, agua, corteza. La biología me sirvió de paraguas, pero no de casa. Salí del apuro, no de la pregunta. Ahora entiendo que Braulio no quería saber de botánica; quería saber si lo que amamos permanece.

Sí, hijo: los árboles mueren. Pero mueren de una forma que nos enseña a vivir.

Un árbol no muere de golpe, salvo cuando lo condena el hacha o el rayo. Antes de morir conversa con el tiempo. Pierde hojas como quien entrega cartas al viento. Afloja ramas, guarda silencio en el centro del tronco, deja que los pájaros lo abandonen y que los insectos escriban en él una caligrafía diminuta. Su final no siempre es desaparición: a veces se vuelve nido, mesa, guitarra, leña, humus, recuerdo. En los bosques, incluso lo caído trabaja. Lo que fue altura se convierte en alimento. La muerte, en un árbol, no es un punto final; es una lenta traducción.

En El principito, los baobabs aparecen como una amenaza que empieza siendo casi invisible: una semilla pequeña puede crecer hasta romper un planeta si no se la reconoce a tiempo. La enseñanza, llevada a nuestra vida, es que también en el corazón hay raíces que conviene mirar desde temprano: el descuido, la prisa, la indiferencia. No todos los árboles son metáfora de nobleza; algunos nos advierten que crecer sin conciencia puede destruir el mundo que nos sostiene.

Pero hay otra lección. En El hombre que plantaba árboles, Jean Giono imagina a un pastor que, con paciencia casi secreta, siembra bellotas hasta transformar una región estéril en bosque. La grandeza del relato está en que no necesita milagros visibles: solo una mano repitiendo un acto bueno durante años. Un árbol puede morir, sí; pero también puede nacer de la obstinación humilde de alguien que no espera aplausos.

Peter Wohlleben, en La vida secreta de los árboles, propone mirar el bosque no como una colección de individuos solitarios, sino como una comunidad: árboles que se comunican, se apoyan, comparten nutrientes y alertan de peligros. Aun si la ciencia discute los alcances de esas imágenes, la intuición ética permanece: ningún ser vive del todo solo. Hasta los árboles, que parecen tan quietos, participan de una conversación subterránea.

Por eso tu pregunta, Braulio, era más grande que mi respuesta. Tú mirabas un árbol y veías un abuelo vegetal, un testigo de recreos, lluvias, domingos y despedidas. Yo miré el mismo árbol y busqué una explicación. La infancia pregunta desde el asombro; la adultez responde desde el archivo. Aquella tarde debí haberme agachado a tu altura y decirte: “Sí, mueren, pero antes aprenden a dar sombra”.

Los árboles mueren, hijo. También nosotros. La diferencia es que ellos parecen saber algo que olvidamos: que la vida no se mide solo por durar, sino por cobijar. Un árbol no presume su biografía. No interrumpe. No exige retrato. Está ahí, haciendo el trabajo silencioso de convertir luz en paciencia.

Si algún día ves un árbol seco, no pienses solo en su muerte. Pregúntate cuántos pájaros descansaron en él, cuántos niños lo rodearon jugando, cuántas tardes hizo respirable, cuántas hojas dejó caer para que la tierra siguiera viva. Entonces sabrás que morir no siempre es irse: a veces es quedarse de otra manera.

Y aquella pregunta tuya, hecha al salir de la escuela, todavía sigue creciendo en mí. Como árbol. Como hijo. Como sombra.

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