Sol y Sombra

Un espacio donde la claridad de las ideas y las preguntas humanas confluyen para reflexionar sobre educación, familia, trabajo y sociedad.

J. Arturo Hernández

Profesor de la Universidad La Salle Bajío, Campus Campestre.

Tardes en Jesús María, Jalisco

14 de agosto de 2026

Hay viajes que comienzan cuando uno enciende el automóvil y otros que empiezan muchos años antes, en algún recuerdo que permanecía estacionado, con las luces apagadas, esperando que pasáramos por el camino correcto. El nuestro comenzó una mañana en León, cuando mi esposa y yo aceptamos la invitación de unos grandes amigos: gente de trabajo, de negocios y de esas dignidades discretas que no necesitan aparecer en una tarjeta de presentación.

Salimos rumbo a San Francisco del Rincón y tomamos el atajo de El Maguey hacia Manuel Doblado. En esta región, los atajos no necesariamente ahorran tiempo, pero suelen devolvernos alguna parte de la vida. Al llegar a Manuel Doblado surgieron dos recuerdos. El primero fue el del padre de mi esposa, quien, por razones que todavía no comprendemos del todo, frecuentaba aquel poblado. Se lo comenté a ella no para resolver el misterio, sino para volver a convocarlo. Hay preguntas familiares que sobreviven porque nadie desea contestarlas por completo.

El segundo recuerdo fue para Rubén Porras, gran amigo y originario de ese lugar. Pensé brevemente en cómo habría sido su niñez: las calles por las que caminó, la plaza que quizá cruzó de adolescente, las primeras amistades, las primeras derrotas y ese momento impreciso en que un muchacho encuentra su gran primer amor y descubre que su vocación es salvar almas, corregir caminos y recuperar vidas. Es joven y pequeño, aunque todavía ignore que la memoria lo volverá inmenso.

Borges imaginó que los caminos se bifurcan no solamente en el espacio, sino también en el tiempo. Así, mientras nosotros avanzábamos por la carretera, otra versión de nosotros permanecía en León y otra entraba en la infancia de nuestros conocidos. Viajar consiste en elegir un camino y sospechar, durante todo el trayecto, qué habría ocurrido en los demás.

Continuamos por la carretera federal 84 hasta que apareció el letrero: “Bienvenidos a Jalisco”. Comenzábamos a subir a Los Altos. La tierra se volvió roja; surgieron los encinos, el agave y las lomas, todo bajo un cielo nublado, con tormentas que se anunciaban a lo lejos como ejércitos cansados. El paisaje parecía preparado para una antigua película mexicana, de esas en las que los hombres miraban el horizonte antes de pronunciar una sentencia definitiva.

La carretera, para nuestra sorpresa, estaba en muy buen estado. Quienes la recorrimos hace quince o veinte años sabemos que esto merece consignarse como acontecimiento histórico. En México, una carretera sin demasiados baches produce la misma mezcla de admiración y desconfianza que un trámite gubernamental resuelto a la primera.

Antes de llegar a Arandas —tierra de los Hernández y, por lo tanto, según mi interpretación generosa del árbol genealógico, quizá también mis tierras— tomamos la desviación hacia Jesús María. A lo lejos apareció el poblado, tendido sobre cerros y lomas, bordeado por barrancas. Dimos vuelta por un camino vecinal y esquivamos algunos baches de los que nacen con la lluvia, pero parecen excavados durante una misión lunar.

Finalmente entramos en una pequeña brecha de tierra roja. Avanzamos unos cien metros y apareció el lugar.

Primero vimos el árbol.

Nos dijeron que tenía más de doscientos años y que era un palo colorado. Yo habría jurado que se trataba de un encino, pero en el campo existe una regla elemental que la universidad suele olvidar: el conocimiento también pertenece a quien ha convivido con las cosas. El que sabe, sabe; el visitante toma nota.

Debajo del árbol había una casa con techo de dos aguas, exactamente como yo la había imaginado y, por fortuna, mejor. A la derecha, el asador trabajaba a toda brasa. Junto a él, una vaporera liberaba humo y el aroma sublime de los elotes cocidos. A la izquierda estaba el huerto: calabazas, cilantro, rábanos, limoneros cargados y naranjos. En la parte posterior se levantaban los infaltables agaves, apenas de un año, ensayando con paciencia su futura condición de tequila.

Pero lo esencial no estaba sembrado en la tierra ni cocinándose sobre el fuego. Lo esencial nos rodeaba.

Los anfitriones y sus familias se acercaron sonrientes, respetuosos, con el fuerte apretón de manos que todavía funciona como contrato moral, y pronunciaron la frase que resume una civilización entera:

—Bienvenidos a su casa.

El Colectivo El Tintero ha mostrado que el habla de Los Altos conserva historias, costumbres y formas regionales de comprender el mundo. En efecto, aquella frase no era una fórmula de cortesía: era una manera de abolir, en cuatro palabras, la distancia entre el visitante y la familia.

Los hombres vestían a la usanza alteña, aunque adaptada a los nuevos tiempos: sombrero, camisa, cinturón piteado, pantalón de mezclilla —Levi’s, por supuesto— y bota vaquera. Tradición sí, pero con marca registrada. Las mujeres, elegantes y guapas, llevaban arreglo de fiesta jalisciense: colores, cuidado, presencia y esa naturalidad que en la ciudad requiere varias horas frente al espejo y una negociación compleja con el clima.

Sobre la mesa nos esperaban dulces y regalos. Llegaron las preguntas, las sonrisas, la conversación sobre el trabajo, los negocios, la familia y la vida cotidiana. Don Manuel Hernández —Hernández, naturalmente— había preparado una comida excelente. Después apareció el tequila, del mejor, servido no como bebida, sino como argumento definitivo a favor de la hospitalidad.

Germán Dehesa comprendió que la vida nacional también se explica observando la mesa, la familia, los pequeños naufragios domésticos y las ironías de todos los días.

Parafraseándolo, podría decirse que México se entiende mejor cuando deja de pronunciar discursos y comienza a servir la comida.

Mientras conversábamos pensé en la escuela universitaria. En las aulas hablamos de capital social, liderazgo, cultura organizacional, redes de negocios, gobierno corporativo y responsabilidad con los grupos de interés. Proyectamos diagramas, revisamos indicadores y explicamos que la confianza reduce costos de transacción. Todo eso es correcto. Sin embargo, bajo aquel árbol bicentenario, la teoría había llegado antes que nosotros: estaba en el apretón de manos, en el plato compartido, en el cuidado del huerto y en la promesa implícita de que nadie se iría sin comer.

A la manera de Gerardo Laveaga, quien ha explorado la relación entre las normas, la cultura y la conducta humana, comprendí que ninguna institución se sostiene únicamente con reglamentos. Las reglas adquieren vida cuando se convierten en costumbres, y la hospitalidad es quizá una de las formas más antiguas de legalidad: aquí se recibe, aquí se respeta, aquí se cumple la palabra.

Vala Afshar ha insistido en que la tecnología debe servir para mejorar las relaciones y que los negocios se construyen entre personas que se respetan y confían unas en otras. Parafraseando esa idea, ninguna plataforma digital sustituye del todo una conversación frente al asador. Podemos tener inteligencia artificial, CRM, videoconferencias y cientos de contactos profesionales; pero la confianza todavía entra por la puerta, saluda de mano y acepta un elote caliente.

Juan Villoro reúne en Examen extraordinario relatos que reciben una nueva oportunidad frente al lector. La vida también nos somete a esa clase de evaluación: no avisa la fecha, no entrega temario y suele preguntar precisamente lo que creíamos olvidado. Aquella tarde, el examen consistía en reconocer si todavía éramos capaces de detenernos, escuchar y agradecer.

José Luis López Ulloa ha estudiado Los Altos de Jalisco como una región marcada por la tierra, la religión, las disputas históricas, la educación y la memoria colectiva. Su evocadora imagen de los aromas de incienso y pólvora recuerda que bajo la serenidad actual del paisaje permanecen capas de una historia intensa. Aquella tarde, sin embargo, la pólvora estaba domesticada en las brasas y el incienso había sido sustituido por el humo de los elotes.

La tarde comenzó a terminar, como terminan las cosas buenas: sin que nadie lo autorice. El cielo se oscureció, las conversaciones se hicieron más lentas y la casa pareció recogerse bajo la sombra del palo colorado. Nos despedimos con gratitud y con la promesa de volver.

Regresamos a León, a los semáforos, las avenidas, las prisas, los pendientes y las aulas universitarias. Pero regresamos distintos. En algún punto de la carretera comprendí que no habíamos visitado solamente un pueblo: habíamos entrado durante unas horas en otra medida del tiempo.

Pensé en los nietos y los ahijados. La próxima vez debían acompañarnos. Hay lugares que uno conoce para sí mismo y otros que adquieren sentido cuando se comparten.

Miré por última vez la tierra roja desde el automóvil. A nuestras espaldas quedaban Jesús María, el árbol antiguo, el huerto, el tequila y una casa que, desde aquella tarde, también era un poco nuestra.

Y entendí que volver no sería repetir el viaje.

Sería continuar la conversación.

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